Ante las fake news, con frecuencia se repite una máxima que parece incontestable: “el dato mata al relato”. Sin embargo, la experiencia cotidiana en Internet demuestra que esa afirmación, aun siendo cierta en términos racionales, resulta hoy insuficiente para explicar lo que está ocurriendo en el espacio público digital. Cada día, millones de personas se dejan convencer por relatos construidos sobre falsedades, medias verdades y manipulaciones deliberadas, sin ningún sustento empírico, pero diseñados con una enorme eficacia emocional. Y no es casualidad.
La utilización sistemática de bulos y noticias falsas por parte de la ultraderecha no es improvisada ni espontánea. Responde a una estrategia organizada, profesionalizada y sostenida en el tiempo, cuyo objetivo no es informar, sino deslegitimar al adversario político, erosionar la confianza en las instituciones democráticas y generar un clima permanente de desafección y crispación.
La maquinaria de la desinformación
El proceso suele seguir un patrón reconocible. En primer lugar, se identifica un tema sensible: inmigración, feminismo, políticas sociales, fiscalidad, seguridad o cualquier medida impulsada por un gobierno progresista, ahora -por ejemplo- con la baliza V-16, diseñada para prevenir siniestros viales. A continuación, se distorsiona un hecho real o se inventa directamente una falsedad, simplificando el mensaje hasta hacerlo fácilmente compartible y emocionalmente impactante.
Ese contenido no se difunde de manera orgánica. En muchos casos, se lanza a través de las redes sociales, utilizando perfiles falsos o anónimos, con nombres inventados, fotografías robadas o avatares genéricos. Detrás de estos perfiles hay, con frecuencia, personas pagadas para amplificar mensajes, replicarlos de forma coordinada y simular una opinión pública masiva que en realidad no existe. Es lo que se conoce como astroturfing: crear una falsa sensación de apoyo social.
Estos perfiles actúan de forma sincronizada: comentan, comparten, atacan y desacreditan a quien contradice el bulo. El objetivo no es convencer con argumentos, sino saturar el debate, intimidar y generar ruido. Cuando el mensaje alcanza cierta tracción, es recogido por altavoces mediáticos afines, que lo legitiman dándole apariencia de noticia o de “debate”. Resulta muy sencillo observar este proceso en las páginas de Facebook de El Ejido y alrededores, un territorio provincial que la ultraderecha considera de su propio patrimonio.
En este contexto, el dato pierde eficacia no porque sea falso, sino porque llega tarde y sin la misma carga emocional. El bulo, en cambio, ya ha cumplido su función: instalar la duda, reforzar prejuicios y consolidar un relato alternativo a la realidad.
No estamos ante una ciudadanía ingenua o incapaz de razonar. El problema es que las plataformas digitales premian el contenido que genera reacción, no el que aporta verdad. La indignación, el miedo o el odio viajan más rápido que un gráfico o un informe riguroso. La ultraderecha lo sabe y lo explota con precisión quirúrgica.
Además, la repetición constante convierte la mentira en algo familiar. Cuando un bulo se repite lo suficiente, deja de percibirse como excepcional y pasa a formar parte del “sentido común” de determinados sectores sociales. Ahí es donde el relato, por falso que sea, empieza a imponerse al dato. No es otra cosa que lo que hizo con una perversa maestría Goebëls, el ministro de propaganda de Hitler.
¿Qué se puede hacer frente a esta realidad?
Combatir la desinformación no es nada sencillo, pero también es algo imprescindible. Y no basta con desmentir los bulos uno a uno. Hace falta una estrategia integral que aplique diferentes medidas:
▪ Regulación y transparencia. Hay que exigir a las plataformas digitales mayor responsabilidad, transparencia en los algoritmos y una persecución efectiva de redes coordinadas de perfiles falsos y cuentas automatizadas.
▪ Alfabetización mediática. La ciudadanía debe disponer de herramientas para identificar bulos, contrastar fuentes y entender cómo funciona la manipulación digital. Esto debe formar parte de la educación formal y de campañas públicas permanentes.
▪ Respuesta rápida y coordinada. Los gobiernos progresistas y las organizaciones sociales no pueden reaccionar tarde. Frente al bulo, es clave una respuesta ágil, clara y unificada, que combine datos con un relato comprensible y cercano.
▪ Construir relato sin renunciar a la verdad. Defender los datos no implica renunciar a contar historias. La verdad también necesita ser narrada, explicada y humanizada. Si no se hace, otros lo harán desde la mentira.
▪ Señalar la estrategia, no solo el contenido. Es fundamental explicar que detrás de muchos mensajes virales hay intereses políticos y económicos concretos. Desenmascarar el método también contribuye a debilitar los mensajes falsos.
La desinformación no es un daño colateral del debate digital: es un arma política. Y como tal, amenaza directamente la calidad democrática de nuestra sociedad. Si permitimos que el bulo sustituya al hecho y que el odio suplante al argumento, estaremos renunciando a un debate público basado en la razón y la justicia social.
Frente a quienes utilizan la mentira como herramienta, la respuesta no puede ser la ingenuidad, ni tampoco el silencio. Debe ser más democracia, más pedagogía y más compromiso con la verdad. Porque los datos importan, sí, pero solo si somos capaces de defenderlos en un ecosistema donde el relato se ha convertido en el campo de batalla.









