El Salar de los Canos, un humedal que requiere una figura legal de protección

El Salar de los Cano, Vera
Opinión
El autor de este artículo de opinión

Ana María Gallardo, es responsable de Municipalismo y Levante en el Grupo Coordinador de Movimiento Sumar en Almería

El Salar de los Canos es un humedal costero de carácter salino situado en el término municipal de Vera. Se ubica en el tramo final de la Rambla del Algarrobo, entre las desembocaduras de los ríos Antas y Almanzora, y muy próximo a la playa de Vera. El Salar ocupa una superficie aproximada de 57,38 hectáreas y está influido por aportes de varias subcuencas que confluyen en la Rambla del Algarrobo. Su terreno está compuesto por sedimentos recientes —arenas, limos, arcillas y gravas— resultado de procesos geológicos costeros y fluviales. Desde que se incluyó en el Inventario de Humedales de Andalucía, la Junta no le ha otorgado ninguna figura de protección.

En una provincia como Almería, donde durante décadas se ha confundido desarrollo con ocupación intensiva del territorio, defender la conservación de nuestros espacios naturales no es una postura ideológica marginal, sino un acto de responsabilidad política. El Salar de los Canos es uno de esos lugares que nos obligan a decidir qué modelo de futuro queremos: uno basado en la especulación y el beneficio a corto plazo o uno que apueste por la sostenibilidad, la justicia ambiental y el bienestar colectivo.

El Salar de los Canos no es un solar improductivo ni un espacio residual pendiente de “poner en valor”. Es un humedal salino costero, uno de los ecosistemas más escasos y frágiles del sureste peninsular. En una provincia marcada por la aridez, la sobreexplotación de recursos hídricos y una fuerte presión urbanística, este tipo de espacios cumple funciones ecológicas esenciales que no pueden ser sustituidas por ninguna infraestructura artificial.

El verdadero valor del Salar

Conviene subrayarlo con claridad: el Salar actúa como un auténtico oasis de biodiversidad en un entorno profundamente transformado por la agricultura intensiva y el crecimiento urbanístico. Alberga comunidades vegetales halófilas únicas y sirve de refugio, alimentación y descanso para numerosas especies de aves, muchas de ellas migratorias. Para estas especies, el Salar no es un elemento decorativo del paisaje, sino una pieza clave dentro de rutas migratorias internacionales que conectan Europa y África. Cuando un humedal desaparece, no solo se pierde un espacio local: se rompe una cadena ecológica global.

Además, el Salar de los Canos desempeña una función que rara vez se menciona en los debates públicos, pero que resulta crucial: es un regulador natural del territorio. Durante episodios de lluvias torrenciales —cada vez más frecuentes debido al cambio climático— el humedal amortigua avenidas de agua, retiene sedimentos y reduce el riesgo de inundaciones en zonas urbanas cercanas. Degradarlo no solo pone en peligro la biodiversidad, sino que aumenta la vulnerabilidad de la propia población.

Desde una perspectiva progresista, no podemos ignorar tampoco su papel frente a la emergencia climática. Los humedales son infraestructuras verdes esenciales, capaces de almacenar carbono, moderar temperaturas y aportar resiliencia a los territorios. Proteger el Salar de los Canos no es una concesión al ecologismo, es una medida de adaptación climática basada en la evidencia científica, que anticipa problemas futuros en lugar de parchearlos cuando ya es demasiado tarde.

El valor del Salar no puede entenderse de forma aislada. Forma parte de una red de espacios naturales del Levante almeriense, actuando como nodo de conectividad ecológica entre sistemas terrestres y marinos. Cuando uno de estos nodos se degrada, el impacto se extiende más allá de sus límites físicos, debilitando el conjunto del sistema natural. Defender el Salar es defender el equilibrio ecológico de toda la comarca.

El Salar necesita de una figura legal de protección

Sin embargo, pese a este valor contrastado, el Salar de los Canos continúa en una situación de protección insuficiente, expuesto a presiones urbanísticas, alteraciones del régimen hídrico y usos no regulados. Esta falta de una figura de protección integral no es neutra: beneficia siempre a quienes conciben el territorio como un recurso a explotar y perjudica al interés general.

Desde la izquierda consecuente defendemos que el patrimonio natural no puede quedar a merced del mercado ni de decisiones coyunturales. Proteger el Salar significa dotarlo de una figura legal adecuada, de un plan de gestión, de criterios claros de uso y de una visión de largo plazo. Significa apostar por un desarrollo ordenado, compatible con la conservación, que genere valor social, educativo y ambiental.

El Salar de los Canos no es reemplazable ni compensable. No puede trasladarse ni reconstruirse una vez degradado. Su pérdida sería definitiva. Por eso, protegerlo hoy no es una opción ideológica, es una obligación política y moral con las generaciones futuras.

La verdadera pregunta no es si nos podemos permitir proteger el Salar de los Canos, sino si nos podemos permitir perderlo.



Compártelo

No te pierdas ninguna noticia. Suscríbete a nuestro canal de Whatsapp.



Más noticias de Opinión



Lo más leído de la semana

Compártelo

La Crónica del Parque, una comunicación independiente, plural, objetiva, útil e interesante para todos nuestros lectores y lectoras.