La humanidad vive una etapa de progreso tecnológico sin precedentes, con una acumulación inédita de conocimiento y capacidad de transformación que ha generado prosperidad y cambios profundos para millones de personas.
Sin embargo, este progreso es desigual y convive con riesgos crecientes: brechas sociales persistentes, crisis climática, deterioro democrático y tensiones geopolíticas que amenazan la estabilidad global.
Desigualdad y lógica extractiva
La desigualdad aumenta bajo un modelo de capitalismo financiero y especulativo –de ganancia rápida y sin límites éticos–, que concentra riqueza y poder en élites cada vez más reducidas, en detrimento del bienestar colectivo.
Se manifiesta también en el acceso desigual a derechos básicos –vivienda, sanidad, educación o vida digna– y se agrava por una lógica extractiva que agota recursos naturales –agua, aire, suelo– y compromete la sostenibilidad del planeta.
Del orden al desorden global
El mundo transita de la unipolaridad posterior a la Guerra Fría hacia un escenario multipolar incierto. La ruptura de las reglas del sistema internacional (provocada por EEUU) y la competencia por mercados, recursos y zonas de influencia aumentan la inestabilidad.
A ello se suman nuevos riesgos para las democracias y la paz en el mundo, al observarse una convergencia hacia formas de gobernanza con rasgos autoritarios: desde autocracias como Rusia y China hasta tendencias plutocráticas en Estados Unidos, donde el poder político lo controlan élites económicas.
Autoritarismo y guerra cultural
Pese a ciertos discursos, Estados Unidos ya no actúa como “faro del mundo libre” ni como socio plenamente fiable para Europa. Bajo Trump, se impulsa una estrategia expansionista y autoritaria orientada al control de recursos y a la hegemonía mediante coerción comercial o militar, debilitando alianzas tradicionales.
La confrontación es también cultural e ideológica: una guerra del relato que difunde marcos ultraconservadores y fortalece movimientos reaccionarios que explotan el desencanto social ante la insuficiente respuesta de las democracias liberales.
Se afianza así un populismo excluyente que deslegitima al adversario, utiliza la inmigración como chivo expiatorio y erosiona derechos e instituciones, debilitando los contrapesos democráticos.
La ignorancia como mercancía de manipulación
Como advirtió Bauman, el miedo y la incertidumbre pueden convertirse en mercancía política. En la sociedad de la información, tanto la carencia como la sobrecarga informativa (orientada a confundir verdad y mentira) debilitan el pensamiento crítico y favorecen la manipulación. En un mundo interconectado, la estrategia del avestruz o la neutralidad no protege ni la ignorancia es la solución.
Tecnología, poder y erosión democrática
El ecosistema digital es hoy el principal campo de la guerra cultural: polarización, desinformación y cultura del odio funcionan como herramientas de poder que erosionan instituciones y degradan la vida pública al servicio de proyectos autoritarios.
La alianza entre élites políticas, económicas y corporaciones tecnológicas consolida una dominación tecnoligárquica (“la ilustración oscura”) que sustituye la deliberación democrática por manipulación algorítmica, reduciendo a las personas a datos explotables como consumidores y mercado electoral.
Vergüenza y límites éticos
En este contexto de concentración de poder, vulneración de normas y derechos, y ausencia de límites éticos, resulta alarmante la impunidad y la subordinación de democracias y soberanías a intereses económicos o estratégicos. Tragedias humanitarias –como el genocidio en Gaza–, forzando desplazamientos y acuerdos por cálculos de apropiación territorial y especulaciones urbanísticas, dan vergüenza y evidencian un neoliberalismo extremo sin límites y desprovisto de escrúpulos.
Entre el pesimismo paralizante y el optimismo ingenuo
El panorama no invita al optimismo ingenuo. Tampoco debería conducir al pesimismo paralizante. Ignorar los problemas o caer en el catastrofismo es estéril.
Castells recordaba que aplicaba la conocida fórmula de Gramsci: “pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad”: analizar con rigor un mundo con tendencias autodestructivas sin renunciar a la reflexión crítica ni a la acción responsable.
¿Hay motivos para el optimismo?
No, si se ignoran guerras, desigualdades, crisis climática o avance del autoritarismo. Sí, si entendemos el optimismo como una actitud crítica y activa, basada en la convicción de que el diagnóstico no paraliza, sino que moviliza.
El verdadero optimismo no niega el peligro: confía en la capacidad colectiva para corregir el rumbo: defender la democracia, poner en el centro a las personas y orientar el progreso hacia la libertad, la igualdad, la solidaridad y el respeto al planeta. Solo así el futuro podrá ser una posibilidad de transformación.








