Las cabras blancas celtibéricas, una joya ganadera que sigue pastando junto al mar en Cabo de Gata

Cabra blanca celtibérica
Cabo de Gata
El rebaño de El Romeral mantiene viva una de las razas caprinas autóctonas más singulares de España, perfectamente adaptada a la aridez y los terrenos difíciles del Parque Natural.

Hay una imagen que forma parte del paisaje más reconocible de Cabo de Gata: un grupo de cabras blancas avanzando entre espartos, matorrales y ramblas mientras, al fondo, aparece el Mediterráneo. Son las cabras blancas celtibéricas, una raza autóctona que ha encontrado en este rincón de Almería uno de sus últimos refugios y que constituye mucho más que una curiosidad para quienes visitan el Parque Natural.

La Blanca Celtibérica está reconocida oficialmente como raza autóctona por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Su distribución incluye diferentes territorios del interior y el sureste peninsular, entre ellos varios municipios de Almería como San José, Turre, Adra o Abla.

En Cabo de Gata, su presencia está especialmente vinculada a la finca El Romeral, en el entorno de San José. Allí, los rebaños han formado durante décadas parte inseparable del paisaje de uno de los espacios naturales más singulares de Europa.

Una cabra hecha para Cabo de Gata

La Blanca Celtibérica es una raza de gran rusticidad. Su pelaje blanco mate, corto y duro y sus características cornamentas en forma de espiral la convierten en un animal fácilmente reconocible. Los machos pueden alcanzar unos 80 kilos de peso y las hembras alrededor de 52,5 kilos. Pero su principal característica no es estética, sino su extraordinaria capacidad para desenvolverse en condiciones que resultarían difíciles para otras razas.

El Ministerio de Agricultura destaca precisamente su adaptación a terrenos montañosos, zonas de difícil acceso, temperaturas extremas y pastos pobres, donde se cría fundamentalmente mediante sistemas extensivos. Además de producir carne, el pastoreo desempeña una función ambiental al aprovechar recursos vegetales y contribuir a la limpieza de estos espacios.

Es una adaptación especialmente valiosa en Cabo de Gata, un territorio marcado por la escasez de agua, las altas temperaturas y una vegetación adaptada a condiciones de extrema aridez. La presencia de estas cabras no es, por tanto, algo añadido artificialmente al paisaje. El propio paisaje ha condicionado durante generaciones la forma de vida de los animales y de quienes se han dedicado a su cuidado.

Más de un millar de cabras junto a los Genoveses

La dimensión que llegó a alcanzar este patrimonio ganadero puede entenderse a través de la historia de El Romeral, una finca de unas 600 hectáreas situada en el entorno de San José. La figura de Francisca Díaz Torres, conocida como Doña Pakyta, está estrechamente ligada a la conservación de este espacio y de su actividad ganadera. Fuentes municipales recuerdan que llegó a contar con cerca de un millar de cabras celtibéricas blancas.

En los últimos años, el rebaño de El Romeral ha llegado a rondar las 1.200 cabezas, según informaciones sobre la explotación. Las imágenes de estos animales descendiendo hacia la zona de Los Genoveses se han convertido en una de las estampas más características de Cabo de Gata.

Los animales recorren grandes extensiones de terreno aprovechando los recursos naturales disponibles. En determinadas épocas pueden llegar hasta las proximidades de la playa, ofreciendo una escena poco habitual: un rebaño de cabras autóctonas pastando a escasos metros del Mediterráneo.

El paisaje que para un visitante puede parecer casi desértico es, para ellas, un territorio lleno de recursos: esparto, matorral, arbustos y diferentes especies vegetales que forman parte de su alimentación.

Una raza que también protege el territorio

La importancia de estas cabras va mucho más allá de la conservación de una raza ganadera. El Ministerio de Agricultura señala que la Blanca Celtibérica cumple una función ambiental precisamente por su capacidad para aprovechar terrenos que otras razas tendrían dificultades para utilizar. Su pastoreo contribuye además a la limpieza de los espacios naturales.

En Cabo de Gata, donde la actividad agrícola está condicionada por la aridez y la orografía, mantener una ganadería extensiva significa también conservar una forma tradicional de relación con el territorio. El pastoreo introduce una actividad humana que, bien gestionada, puede contribuir al mantenimiento de determinados ecosistemas y a la conservación de paisajes que durante siglos han estado ligados a la actividad ganadera.

No es casualidad que documentación del Ministerio para la Transición Ecológica describa la ganadería tradicional del entorno de Cabo de Gata como una actividad centrada en cabras y ovejas y destaque que la cabra blanca celtibérica conserva allí uno de los últimos lugares de cría de la península.

La sequía, el gran desafío

Precisamente el elemento que hace de la Blanca Celtibérica una raza extraordinariamente resistente puede convertirse también en uno de sus principales problemas: la falta de agua y de alimento. En 2024, la situación de sequía llegó a poner en serio riesgo el futuro del rebaño de El Romeral. La ausencia prolongada de precipitaciones había reducido drásticamente los pastos disponibles y obligaba a afrontar dificultades crecientes para mantener la alimentación de los animales.

El problema adquiere una dimensión todavía mayor cuando se tiene en cuenta que Cabo de Gata se encuentra entre los territorios más áridos de Europa. La supervivencia de una ganadería extensiva depende directamente de que el territorio pueda proporcionar suficiente alimento.

La explotación ha comenzado incluso a utilizar herramientas tecnológicas para estudiar el comportamiento del ganado. Parte del rebaño ha sido monitorizado mediante collares GPS, en un proyecto desarrollado con investigadores de la Estación Experimental del Zaidín del CSIC, con el objetivo de conocer cómo se desplazan los animales y cómo puede afectarles la sequía. La tecnología se convierte así en una aliada de una actividad ganadera que hunde sus raíces en una tradición mucho más antigua.

Un patrimonio vivo de San José

La Blanca Celtibérica no es únicamente una raza catalogada. En Cabo de Gata representa una parte de la memoria ganadera y cultural del territorio. Durante generaciones, los pastores recorrieron con sus rebaños caminos, ramblas y antiguos itinerarios pecuarios. La trashumancia también formó parte de esta historia: documentación sobre el paisaje de Cabo de Gata recuerda cómo los rebaños de El Romeral, que llegaron a alcanzar alrededor de 1.500 cabras blancas celtibéricas, pasaban determinadas épocas del año en las dehesas de Sierra Nevada antes de regresar al Cabo de Gata.

Hoy esa actividad ha cambiado y los tiempos de aquellos grandes desplazamientos ganaderos forman parte de la historia, pero las cabras continúan recorriendo el territorio. Y esa permanencia tiene un valor especial. En un parque natural conocido internacionalmente por sus playas, volcanes, acantilados y paisajes áridos, las cabras blancas celtibéricas recuerdan que Cabo de Gata también es un territorio de ganaderos, pastores y tradiciones rurales.

Son parte del paisaje tanto como el esparto, los aljibes, los cortijos o las ramblas. Por eso, cuando un visitante se encuentra con un rebaño de estas cabras camino de Los Genoveses, no está simplemente ante una estampa curiosa. Está contemplando una raza autóctona, un modelo tradicional de aprovechamiento del territorio y una parte viva del patrimonio natural y cultural de Cabo de Gata.

Y quizá esa sea una de las mejores formas de entender el Parque Natural: no solo como un espacio que debe conservarse, sino también como un paisaje que durante siglos ha sido habitado, trabajado y cuidado por personas y animales perfectamente adaptados a él.



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