El Cordel de la Campita: cuando la ciudadanía se decide a salvar un espacio público que las administraciones están dejando morir

Cordel de la Campita
La provincia
El Cordel de la Campita, uno de los principales corredores verdes de Almería y una histórica vía pecuaria integrada en la Red Verde Europea del Mediterráneo, agoniza por la falta de mantenimiento mientras un reducido grupo de vecinos dedica su tiempo y sus propios recursos a mantener con vida un espacio cuya conservación corresponde a las administraciones públicas. La situación pone de manifiesto el enorme contraste entre el compromiso de la sociedad civil y la incapacidad de Junta de Andalucía y Ayuntamiento de Almería para garantizar la conservación de un patrimonio ambiental de gran valor.

El Cordel de la Campita no es un parque cualquiera. Se trata de una vía pecuaria clasificada oficialmente desde 1965 y deslindada por la Junta de Andalucía en 2008, con una longitud superior a 2,4 kilómetros y una anchura legal de 37,61 metros. Su recuperación se concibió como parte de la Red Verde Europea del Mediterráneo (REVERMED), un proyecto destinado a conectar espacios naturales, fomentar la movilidad no motorizada y recuperar corredores ecológicos para el disfrute ciudadano.

Sobre esa base jurídica y ambiental, la Junta ejecutó hace años una importante actuación financiada con fondos europeos para transformar el entorno en un gran corredor verde dotado de senderos, carril bici, vegetación autóctona, áreas de descanso y espacios infantiles. Posteriormente, en 2023, el Gobierno andaluz anunció una nueva inversión de 338.665 euros para mejorar la accesibilidad, reparar el firme, restaurar la vegetación, acondicionar las zonas infantiles y reforzar la seguridad del recorrido.

Sin embargo, la realidad que denuncian los vecinos dista mucho de esas inversiones y anuncios institucionales. Árboles secos, vegetación agonizante, sistemas de riego inoperativos y un progresivo deterioro del corredor verde reflejan que las actuaciones realizadas no han ido acompañadas de un mantenimiento estable y continuado. Según la información publicada en los últimos días, numerosos ejemplares sobreviven únicamente porque varios voluntarios acuden regularmente con garrafas de agua para regarlos manualmente.

La situación resulta especialmente llamativa porque durante años ambas administraciones han anunciado su voluntad de colaborar para recuperar este espacio. Ya en 2020, Ayuntamiento y Junta escenificaron un compromiso conjunto para coordinar su mantenimiento y poner en valor el Cordel de la Campita, calificándolo como un «pulmón verde» para la ciudad. Se habló de cooperación institucional, inversiones y mantenimiento permanente. Seis años después, la imagen de vecinos transportando agua para evitar que mueran los árboles evidencia que aquellos compromisos no se han traducido en una gestión eficaz y continuada.

Frente a esta inacción destaca la respuesta ejemplar de la sociedad civil. Asociaciones vecinales, colectivos ecologistas y ciudadanos particulares llevan años defendiendo este espacio natural, denunciando su deterioro y proponiendo soluciones. No solo reclaman la conservación del corredor verde, sino que, ante la ausencia de respuesta institucional suficiente, han asumido tareas que nunca deberían recaer sobre voluntarios: regar árboles, vigilar el estado del entorno y mantener viva la reivindicación de un espacio que pertenece a toda la ciudadanía.

El caso del Cordel de la Campita constituye un ejemplo paradigmático de una forma de gestionar el patrimonio público basada en grandes anuncios e inversiones puntuales, pero sin garantizar posteriormente los recursos humanos y económicos necesarios para su conservación. De poco sirve invertir cientos de miles de euros en rehabilitar un espacio si, pocos meses después, se abandona su mantenimiento cotidiano.

Más allá del deterioro paisajístico, el abandono tiene consecuencias ambientales y sociales. El Cordel de la Campita fue concebido como un corredor ecológico para favorecer la biodiversidad y ofrecer a los almerienses un espacio de movilidad sostenible, ocio y contacto con la naturaleza. Su degradación supone perder parte de esos objetivos y desaprovechar una infraestructura verde estratégica para una ciudad especialmente necesitada de zonas arboladas y refugios climáticos.

Mientras Junta de Andalucía y Ayuntamiento siguen intercambiando competencias y responsabilidades, son los ciudadanos quienes vuelven a demostrar que la defensa del patrimonio común depende, demasiadas veces, de la iniciativa de quienes entienden que cuidar el medio ambiente no puede quedar reducido a fotografías institucionales o anuncios de inversiones. El Cordel de la Campita sigue vivo, en buena medida, gracias a ellos.



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