El misterio del carguero ruso hundido frente a Almería despierta la preocupación por una posible carga nuclear

El carguero ruso hundido
La provincia
El hundimiento del carguero ruso Ursa Major frente a las costas de Almería y Murcia continúa rodeado de incógnitas y ha vuelto a situar el foco internacional sobre el Mediterráneo occidental. Nuevas informaciones apuntan a que el buque, hundido en diciembre de 2024 tras varias explosiones a bordo, podría transportar componentes de reactores nucleares destinados presuntamente a Corea del Norte.

El barco, vinculado a la empresa rusa Oboronlogistika y relacionado con la logística militar del Kremlin, navegaba inicialmente con una carga declarada como “tapas de alcantarilla” y maquinaria pesada. Sin embargo, investigaciones posteriores y declaraciones atribuidas al capitán del buque sostienen que realmente transportaba piezas de reactores similares a los utilizados en submarinos nucleares, aunque sin combustible radiactivo.

El Ursa Major se hundió a unos 90 kilómetros de la costa española, entre el entorno de Cabo de Gata y aguas próximas a Cartagena, después de sufrir varias explosiones cuya causa todavía no ha sido aclarada. Las sospechas sobre un posible sabotaje o una operación encubierta aumentaron tras conocerse la existencia de daños en el casco compatibles con impactos externos y la posterior presencia en la zona del buque ruso Yantar, señalado en numerosas ocasiones como embarcación de espionaje.

La investigación también ha revelado que aviones estadounidenses especializados en detección nuclear sobrevolaron la zona en distintas ocasiones durante los meses posteriores al hundimiento, lo que ha incrementado la preocupación de Washington y Madrid sobre el posible contenido real del cargamento y sus implicaciones geopolíticas.

El naufragio se produjo en un contexto de creciente cooperación militar entre Rusia y Corea del Norte durante la guerra de Ucrania, alimentando las hipótesis sobre un posible intercambio de tecnología militar sensible entre ambos países. Mientras tanto, el pecio permanece a unos 2.500 metros de profundidad, una circunstancia que dificulta enormemente cualquier inspección técnica o recuperación de pruebas.



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