Cincuenta años después de la firma del Convenio de Ramsar (firmado el 2 de febrero de 1971 en dicha localidad iraní), los humedales siguen siendo uno de los ecosistemas más amenazados en todo el mundo, también en Almería. A pesar de los compromisos internacionales y del creciente respaldo social a su conservación, la realidad sobre el terreno muestra un deterioro persistente que apunta más a la falta de decisiones políticas firmes que a la ausencia de diagnóstico.
En nuestra provincia, los problemas se repiten con distintos rostros: ramblas convertidas en canales de hormigón que pierden su función natural; presión urbanística en espacios frágiles del litoral; acumulación de residuos agrícolas en lagunas y charcones; y una gestión del agua que ha llevado a la desecación y contaminación de enclaves históricos. Lugares como las Salinas de Cabo de Gata, la Ribera de la Algaida o las Albuferas de Adra siguen resistiendo, pero lo hacen cada vez con mayor dificultad.
Los estudios científicos y los informes de organizaciones ambientales coinciden en señalar que muchos de estos humedales están al límite. En el Poniente almeriense, la reducción de aportes de agua dulce, la salinización y la contaminación por fertilizantes y pesticidas están degradando gravemente lagunas y albuferas. A ello se suma la proliferación de vertederos ilegales en ramblas y zonas húmedas, que aportan plásticos, lixiviados y microcontaminantes a suelos y acuíferos.
El problema no es exclusivo de Almería. A escala estatal, humedales tan emblemáticos como Doñana, las Tablas de Daimiel o el Mar Menor comparten un mismo patrón: sobreexplotación del agua, contaminación difusa y una protección legal que, en la práctica, no se traduce en una recuperación efectiva. La etiqueta Ramsar, por sí sola, no ha sido suficiente para frenar décadas de malas decisiones.
Aunque en los últimos años se han aprobado estrategias y planes de conservación, su aplicación avanza con lentitud y sin atacar las causas estructurales de la degradación: el expolio de los recursos hídricos, el peso de la agroindustria intensiva y la falta de control sobre los vertidos. Sin cambios profundos en estas políticas, los humedales seguirán perdiendo superficie, biodiversidad y funcionalidad.
La experiencia demuestra, sin embargo, que la recuperación es posible. Allí donde se eliminan presiones, se restituye el agua y se prioriza el interés general, los humedales responden y la vida regresa. No es una cuestión técnica, sino de voluntad política.
Con motivo del Día Mundial de los Humedales, colectivos sociales y ambientales de Almería -como el Grupo Ecologista Mediterráneo o Amigos del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar- han vuelto a reclamar acciones reales y han convocado actividades abiertas a la ciudadanía, como limpiezas de playas y jornadas divulgativas. Iniciativas que buscan recordar que la defensa de los humedales no es solo una causa ambiental, sino una apuesta por el futuro del territorio.







