Polémica en Palomares: el macroproyecto de 1.600 viviendas que amenaza la última playa virgen del Levante almeriense

La playa de Palomares donde se pretende desarrollar el proyecto
La provincia
En Palomares, junto a la playa de Quitapellejos, se prepara un proyecto urbanístico de grandes dimensiones: 1.600 viviendas, un hotel y varios equipamientos a escasos metros del mar. La propuesta, impulsada con el beneplácito institucional, ha encendido las alarmas entre vecinos y colectivos ecologistas, que la consideran una nueva ofensiva del “ladrillo en primera línea”.

El nombre de Palomares sigue asociado a uno de los episodios más delicados de la historia reciente de Almería: el accidente nuclear de 1966, cuando cayeron cuatro bombas atómicas en la zona. Aunque las autoridades aseguran que los terrenos del proyecto están fuera del área contaminada, persisten las dudas sobre los posibles riesgos radiológicos.

Los vecinos más veteranos lo dicen con ironía: “Primero fueron las bombas, ahora vienen las excavadoras.” Y muchos se preguntan si es razonable levantar miles de viviendas tan cerca de un lugar que aún arrastra ese legado.

Urbanizar la orilla tipo Costa del Sol

El plan prevé ocupar más de 50 hectáreas junto al mar, en uno de los pocos tramos del litoral de Cuevas del Almanzora que aún conservan su carácter natural. Las obras modificarían por completo el paisaje de Quitapellejos, un espacio tranquilo y poco alterado que hasta ahora servía de refugio a especies costeras y visitantes que buscaban una playa sin bloques de cemento al fondo.

Los críticos advierten que el proyecto supondría la pérdida del último tramo virgen del Levante almeriense, con consecuencias ambientales, paisajísticas y urbanísticas difíciles de revertir. Además, alertan del riesgo de inundaciones y erosión costera, en una zona donde el mar ya ha ido ganando terreno en los últimos años.

Los promotores, como siempre hacen en este tipo de proyectos, defienden que la urbanización generará empleo y dinamizará el turismo local. Pero la experiencia en otros puntos del litoral almeriense deja un reguero de ejemplos de promociones vacías, urbanizaciones inacabadas y un paisaje cada vez más saturado.

“Más que progreso, parece especulación”, opinan los críticos, que recuerdan que Almería ya tiene miles de viviendas vacías y una presión creciente sobre los recursos hídricos. La pregunta que muchos se hacen es sencilla: ¿quién vivirá realmente en esas casas?

El proyecto revive un patrón que parecía superado tras la crisis inmobiliaria: construir masivamente en primera línea, sin garantizar antes la sostenibilidad de los recursos ni el equilibrio del territorio. El Levante almeriense ya ha sufrido los efectos de ese modelo —pérdida de paisaje, encarecimiento del suelo, abandono rural— y teme repetir los mismos errores.

Detrás del discurso del “impulso económico” se esconde un viejo esquema que prioriza el beneficio a corto plazo sobre la calidad de vida y la protección del entorno.

Falta de transparencia y participación

Las asociaciones vecinales reclaman más información y participación real en las decisiones. Denuncian que los trámites administrativos avanzan con discreción y que el expediente ambiental resulta complejo para el ciudadano común.

La sensación general es de decisión tomada sin debate público, un déjà vu en el que las obras acaban imponiéndose antes de que el pueblo tenga oportunidad de opinar.

Palomares tiene potencial para convertirse en un ejemplo de desarrollo sostenible: regeneración ambiental, turismo responsable y vivienda asequible para residentes. Pero ese camino exige planificación, prudencia y una visión a largo plazo, no otro frente de hormigón a orillas del mar.

El proyecto de 1.600 viviendas plantea una pregunta de fondo: ¿queremos una costa viva o una costa vendida?
Porque lo que se construya hoy marcará el paisaje —y la identidad— de Almería durante las próximas décadas.



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