El esparto forma parte inseparable de la historia de Almería. Esta fibra vegetal, obtenida principalmente de la planta Stipa tenacissima, no solo fue un recurso económico clave durante generaciones, sino que dejó una huella profunda en la cultura, el lenguaje e incluso en la identidad de sus habitantes.
El esparto crece en condiciones donde pocas especies prosperan: suelos áridos, pedregosos y con escasa lluvia. Estas características lo convierten en una planta emblemática del paisaje almeriense, especialmente en zonas del interior y del levante. Además de su valor económico, desempeña un papel ecológico fundamental al proteger el suelo frente a la erosión, algo especialmente relevante en una provincia marcada por la desertificación.
Durante los siglos XIX y buena parte del XX, el esparto fue un auténtico motor económico. Su recolección movilizaba a miles de jornaleros, que trabajaban en condiciones duras, arrancando la planta manualmente y transportándola para su tratamiento.
Tras procesos como el secado o el cocido, el esparto se transformaba en productos esenciales: cuerdas, esteras, capazos o alpargatas. Municipios como Níjar, Sorbas o Tabernas fueron referentes en esta actividad, que incluso abastecía a la industria papelera europea.
El origen de los “legañosos”: una historia ligada al esparto
El impacto del esparto en Almería no fue solo económico. También dejó una huella social y sanitaria que explica uno de los apodos más conocidos de los almerienses: “legañosos”. Este término que utilizó la burguesía española de forma peyorativa, tiene su origen en las duras condiciones de trabajo vinculadas al esparto. El polvo que generaba la manipulación de la fibra, unido al clima seco, el viento y la salinidad ambiental, provocaba frecuentes irritaciones oculares entre los trabajadores. Estas afecciones derivaban en la acumulación de legañas e incluso en enfermedades contagiosas como el tracoma, bastante extendida en contextos de pobreza y falta de higiene en aquella época.
A pesar de su despectiva intención inicial, este término ha sido resignificado. Hoy se utiliza con cierto orgullo e ironía, como símbolo de una historia de esfuerzo y resistencia en condiciones muy difíciles.
A partir de mediados del siglo XX, la llegada de materiales sintéticos y los cambios económicos provocaron el declive del sector espartero. Muchas de las labores tradicionales desaparecieron o quedaron reducidas a ámbitos muy localizados.
No obstante, el conocimiento no se ha perdido del todo. La artesanía del esparto sigue viva en talleres y espacios culturales que reivindican este legado.
Un patrimonio que todavía perdura
Hoy, el esparto ha encontrado un nuevo valor en el contexto de la sostenibilidad. Frente al plástico, vuelve a apreciarse como un material natural, biodegradable y respetuoso con el medio ambiente.
Lugares como el Museo del Esparto de Níjar conservan y difunden esta tradición, permitiendo comprender la importancia que tuvo en la vida cotidiana de la provincia.
El esparto no es solo parte del pasado económico de Almería; es un elemento clave de su identidad colectiva. Desde los campos donde crece hasta las manos que lo trabajaron, pasando por expresiones populares como “legañosos”, esta fibra resume la capacidad de adaptación de toda una sociedad a un entorno duro. Así, se podría decir que conocer el esparto es, en gran medida, conocer y entender la historia de Almería.









