Indignada

Moreno Bonilla y la consejera de Sanidad, ya dimitida
Opinión
El autor de este artículo de opinión

Esperanza Pérez Felices, diputada provincial y portavoz del PSOE en el Ayuntamiento de Níjar

El cáncer no espera. No da tregua. No entiende de excusas ni de tecnicismos. Por eso, en una sociedad que ha aprendido a confiar en la ciencia y en la medicina preventiva como pilares de su bienestar, lo ocurrido en Andalucía no es solo un fallo en la administración sanitaria: es una fractura de confianza. Y esa fractura duele. Duele porque afecta directamente a la vida de las personas, especialmente de las mujeres que, en un número indeterminado pero ya seguro que superior a las 2000, han sido invisibilizadas por un sistema que debió protegerlas.
Detectar a tiempo salva vidas. Es la diferencia entre un diagnóstico tratable y un desenlace irreversible. La medicina lleva años recordándonos que el cribado precoz es nuestra mejor herramienta frente al cáncer. Por eso, no comunicar a estas mujeres que sus mamografías habían arrojado indicios dudosos constituye una agresión institucional. Se ha dicho, desde el propio Gobierno andaluz, que no se avisó para «no generar ansiedad». Esa frase, lejos de tranquilizar, indigna. Esto realmente indignada porque ¿quién decide cuándo una mujer está lista para saber algo tan fundamental sobre su salud? ¿Desde cuándo el derecho a la información se supedita a una suposición subjetiva sobre cómo reaccionará una paciente?
Lo que se ha producido es una vulneración del principio de autonomía personal. Un retroceso brutal en el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. El presidente Juan Manuel Moreno Bonilla ha reconocido el error, pero no ha asumido la dimensión real del daño. Porque no basta con reconocer. Hay que reparar. Hay que explicar. Y, sobre todo, hay que proteger a quienes ya han sido dañadas por una decisión política revestida de frialdad burocrática.
En política sanitaria no cabe la tibieza. No cabe la pasividad. Y mucho menos cabe el silencio. Cuando la Junta de Andalucía justifica este fallo apelando a la “prudencia”, están intentando diluir una responsabilidad que es estrictamente del propio presidente de la Junta. Porque la gestión de la salud no puede convertirse en una cuestión de estadísticas, sino de rostros, de nombres, de biografías interrumpidas por una negligencia.
Este escándalo no se puede entender al margen del deterioro progresivo que sufre la sanidad pública andaluza. La sobrecarga asistencial, la falta de personal, la externalización creciente de servicios, el vacío en los centros rurales… Todo forma parte de una estrategia que, aunque no se declare abiertamente, empuja a la ciudadanía a buscar respuestas fuera del sistema público. Es un desmantelamiento silencioso, pero eficaz. Y profundamente injusto.
Ante esta situación, la Junta tiene la obligación inexcusable de actuar. Primero, revisando caso por caso con total transparencia, estableciendo cauces de información directa para las mujeres afectadas y ofreciendo una respuesta sanitaria inmediata. Segundo, asumiendo responsabilidades: no basta con decir «se investigará»; hay que depurar, cesar, corregir. Y tercero, reconstruyendo la confianza en la sanidad pública con hechos, no con titulares.
Porque lo que está en juego no es solo un modelo sanitario. Es la garantía de que ninguna mujer volverá a sentirse invisible ante el sistema. Que ninguna prueba quedará olvidada en una carpeta. Que ninguna decisión política volverá a suplantar el derecho a saber, a decidir, a vivir. La sanidad no puede ser un riesgo. Tiene que volver a ser lo que siempre fue: un refugio, una garantía, una certeza.



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