El semblante de José Antonio García Alcalaína parece el de quien llegó al poder más por rebote que por destino: un presidente “por accidente”, heredero institucional tras el abrupto cese de Javier Aureliano García Molina, envuelto en acusaciones de corrupción.
En su caricatura, Alcalaína podría aparecer con gesto aplicado pero ligeramente sorprendido, como si aún estuviera procesando cómo acabó allí. Traje impecable, carpeta en mano y una media sonrisa prudente, proyecta la imagen de quien gobierna con cautela, consciente de que su mandato nació más de la contingencia que de la épica.







