Llegar tarde o dejarse arrastrar por la estupidez tiene consecuencias

El cambio climático en Andalucía
Opinión
El autor de este artículo de opinión

José Vidal Portillo

«Nadie es tan resuelto como quien no sabe adónde va.» Pino Aprile

Jugar con el cambio climático, dejarse arrastrar por intereses ajenos o contagiarse de la estupidez global puede conducir a desastres. La crisis climática demuestra que la falta de visión —o los intereses particulares— lleva a decisiones o inhibiciones equivocadas. Durante décadas se ignoraron advertencias científicas sobre los riesgos del crecimiento ilimitado, la explotación intensiva de recursos y la dependencia de combustibles fósiles.

Desde hace más de 35 años, expertos de prestigio internacional alertaron sobre estos peligros. Sin embargo, los intereses económicos vinculados a los combustibles fósiles frenaron cualquier transición energética real. Aún hoy, esos y otros intereses, cabalgando a lomos del negacionismo y el populismo, obstaculizan cambios urgentes.

Recordemos otros ejemplos o antecedentes de porqué hoy estamos donde estamos:

Tras la Segunda Guerra Mundial, las economías avanzadas crearon potentes Estados de bienestar y abordaron un dilema de entonces con éxito: abrieron sus mercados a los países más pobres, controlando los efectos internos, con unos resultados de reducir la pobreza allí donde se aplicaban políticas adecuadas. Sin embargo, no se consideraron los riesgos medioambientales que ya se gestaban.

Más tarde, la globalización de los años 70 trajo mayor competencia global y deslocalización de producciones que, en las economías más avanzadas, produjeron alteraciones en sus mercados laborales erosionando en gran medida la base de la clase media y generando descontento social y efectos políticos. Germen y caldo de cultivo para el populismo y la polarización política

En años recientes, desde EE UU, bajo la presidencia de Biden, se impulsaron inversiones en energías renovables e industrias verdes para combatir el cambio climático, así como políticas para restaurar la afectación de la clase media, la deslocalización de fábricas y el impacto de las importaciones chinas.

Medidas tardías y que pueden ser reversibles pese a los efectos del cambio climático que estamos sufriendo, en un contexto donde el populismo y ciertos intereses económicos siguen oponiéndose a la transición ecológica utilizando el argumento de que las restricciones medioambientales son un impedimento al bienestar en los países avanzados y en los países en desarrollo lo ven como un obstáculo a su crecimiento.

Hoy, el gran desafío es si es posible resolver simultáneamente el trilema global: frenar el cambio climático, reforzar la clase media en las economías avanzadas y reducir la pobreza global. Sin embargo, los nuevos vientos del libelalismo populista y asalvajado, no parecen soplar en esa dirección.

Jugar con el cambio climático, puede terminar conduciéndonos a desastres.

El escritor Pino Aprile en su ‘Nuevo elogio del imbécil’ nos recuerda que: “el estúpido no solo toma decisiones que hacen daño a los demás sino también a sí mismos. Es como si la gacela votara al león”. Y añade un ejemplo actual: “En el sur de Italia votan a un lombardo que odia a los sureños y fue condenado por ello”. Algo similar ha ocurrido en EE. UU. y sigue repitiéndose en otros países.

El economista Carlo M. Cipolla, autor de la célebre obra Las leyes básicas de la estupidez humana, lo resumió así: “Un estúpido es una persona que ocasiona pérdidas a otra persona o a un grupo sin obtener ningún beneficio, o incluso saliendo él mismo perjudicado”.

Al hilo de estas afirmaciones, y del ascenso de cierta estupidez humana, se ha venido especulando que: si la estupidez fuese dañina para la especie, la evolución la habría eliminado. O al revés, la estupidez habría eliminado a la especie.

Demos tiempo al tiempo, si no hacemos nada.



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