Los peligros que esconde la arena (y los que esconde una casa)

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Opinión
El autor de este artículo de opinión

Mariola y Ángeles son las fundadoras de MYA Inmobiliaria, donde suman 30 años de experiencia especializadas en la venta de viviendas en Níjar y el Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar. Más información en mariolayangeles.com. Síguenos también en Instagram (@mariolayangeles) y Facebook.

Octava entrega. Agosto, playas a rebosar… y algún que otro vecino con el que conviene tener un respeto. Hoy te contamos quién es quién bajo el agua del Cabo de Gata —sin alarmismos, que la casa es suya y nosotros somos la visita— y, al final, por qué en el mar y en una compraventa el susto siempre está en lo que no se ve.

En verano, muchas playas del Parque izan la bandera de aviso por medusas. Llega agosto y nuestras playas se llenan. Es maravilloso, pero conviene recordar algo que a veces se nos olvida: cuando nos metemos en el agua, entramos en casa ajena. El mar es el hogar de un montón de criaturas y casi ninguna quiere hacernos daño; la mayoría solo se defiende si la pisamos o la molestamos. Así que esto no va de miedo, va de respeto y de mirar un poco dónde ponemos el pie.

Quién es quién bajo el agua

Las medusas. Sus tentáculos tienen células urticantes que, al rozarlas, sueltan una toxina que escuece y deja ronchas. La más habitual en nuestras aguas es la medusa clavel (Pelagia noctiluca). Molesto, pero casi nunca grave. Caso aparte es la carabela portuguesa (Physalia physalis), que ni siquiera es una medusa, sino una colonia flotante, y pica bastante peor; por suerte, por aquí es muy rara, así que sin agobios. Y ojo, que no todas son de temer: la medusa huevo frito (Cotylorhiza tuberculata), esa preciosura amarilla que parece un huevo frito flotando, es totalmente inofensiva; si te cruzas con ella, solo tienes que disfrutarla.

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El pez araña. El clásico de nuestras orillas (Trachinus draco). Vive semienterrado en la arena, casi invisible, y cuando lo pisas sin querer te clava los radios venenosos de su aleta. Duele, y mucho. Es, sin saberlo, el protagonista de este artículo (ya verás por qué).

El cabracho (o rascacio) y las rayas. Llevan espinas o aguijones venenosos que usan solo para defenderse si se sienten pisados o atrapados. Ni los toques ni los cojas: no te están buscando, se están protegiendo. (Para los curiosos: el cabracho o rascacio es del género Scorpaena; y la raya que solemos ver, la Dasyatis pastinaca).

Los erizos de mar. Sus púas se rompen y se quedan clavadas en la piel si los pisas sobre las rocas. Molesto y con riesgo de infección. El más común aquí es el erizo de roca (Paracentrotus lividus).

Las anémonas. Esas «flores» pegadas a las rocas (Actinia equina) también urtican si las tocas con la piel desnuda.

Si te pica alguno, esto es lo que funciona

Pez araña. Agua caliente, tan caliente como puedas aguantar (unos 45°), durante 30 a 90 minutos: su veneno se desactiva con el calor. Limpia con agua de mar, saca cualquier espina que haya quedado y nada de hielo, que el frío lo empeora. Si aparecen síntomas fuertes —mareo, vómitos, dificultad para respirar—, al médico sin dudarlo.

Medusas. Aclara con agua de mar, nunca con agua dulce (que hace estallar más células urticantes). Retira los restos de tentáculo sin frotar, mejor con el canto de una tarjeta, y acude al puesto de socorrismo. Y no: orinar encima no sirve de nada, es un mito. Con la carabela portuguesa, directamente atención médica.

Erizos. Aquí funciona la fórmula «ensalada»: vinagre y aceite. El vinagre ayuda a disolver y reblandecer las púas (puedes empaparlas o ponerte compresas) y el aceite ablanda la piel para que salgan más suaves; después, agua caliente y a desinfectar. Las que queden muy profundas, o si sigue doliendo a los pocos días, mejor que las mire un médico.

Y la regla de oro: la prevención es tu mejor aliada. Un par de gestos evitan casi todos los sustos: unos escarpines, arrastrar los pies al entrar al agua (así avisas al pez araña de que vas y se aparta), mirar antes de pisar y no sacar ni «cazar» animales para la foto. Y, ante la duda, el puesto de socorrismo siempre a mano. Convivir, no invadir: estamos de visita en su casa.

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Y ahora, el salto que no te esperabas

¿Y qué tiene que ver todo esto con vender una casa? Pues fíjate otra vez en el pez araña: el peligro no es la playa preciosa que tienes delante, sino lo que está enterrado bajo la arena, justo donde no miras. En una compraventa pasa exactamente igual. Lo que da el susto casi nunca es lo bonito y visible de la casa; es lo que está enterrado en los papeles: una carga que nadie mencionó, algo fuera de ordenación, una herencia sin cerrar, unos metros que no coinciden con el registro. Tú ves la cala perfecta; el problema está debajo.

Y ahí es donde nos gusta pensar que hacemos un poco de socorristas: conocemos la playa, sabemos dónde suele estar enterrado el bicho y te avisamos de dónde no pisar antes de que te pique… es decir, antes de llegar a la notaría con un disgusto. Revisar la documentación a fondo desde el primer día es, en el fondo, eso: mirar bien dónde pones el pie.

Porque al final, con el mar y con las casas, la actitud que funciona es la misma: respeto, cabeza y mirar bien antes de dar el paso. Cuida el Parque, cuida sus playas y a sus habitantes —que la casa es suya y nosotros la visita— y déjate acompañar por quien conoce el terreno. Feliz agosto, y ojo dónde pisas. La semana que viene, más.



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