Una identidad nunca se explica del todo. Pero si se percibe. Está hecha de tiempo, de paisajes, de vivencias, del pueblo y su cultura. Sería en pocas palabras memoria colectiva. En Mojácar, esa identidad se reconoce en la imagen del pueblo blanco que desde Sierra Cabrera se encuentra con el Mediterráneo. El equilibrio que durante décadas ha existido entre el entorno natural de montañas y mar en Mojácar es parte importante de su singularidad. Ese equilibrio —tan frágil como excepcional— es el que hoy puede estar en juego.
Durante buena parte del siglo XX, Mojácar no fue un destino, sino un lugar. Un pueblo con raíces serranas que, con el tiempo, abrió su mirada al mar y al turismo. Pasó a ser lugar de inspiración, atrayendo artistas, embajadores, intelectuales o toreros. Nuevos pobladores nacionales y extranjeros que entre los años 60 y 70 buscaban un estilo de vida relajado y que transformaron la economía y enriquecieron su identidad. Fueron los llamados golden years y nuevas infraestructuras como el Parador de Turismo, ubicaron a Mojácar en el mapa. Pero el turismo, no era una industria voraz que es hoy. Aquellos visitantes no tenían la necesidad del lujo como lo entendemos hoy, el lujo era algo natural, era lo singular del sitio.
Ese matiz importa. Porque define de donde nace Mojácar y permite entender lo que es y porqué y también lo que puede dejar de ser.
Los lugares con identidad territorial no se diseñan, nacen de la sedimentación de una sociedad sobre el territorio y el tiempo. No responden a la lógica de un proyecto, se desarrollan desde una coherencia imposible de replicar y como sistema vivo. En el caso de Mojácar, ese sistema ha funcionado como una interacción constante entre la cultura local y cierta idea de cosmopolitismo, una economía tradicional y un paisaje que no ha sido nunca decorado, sino espacio habitado. La singularidad del pueblo en la montaña, la sierra y su agua, el mar y las playas, es desde los 70 el reclamo turístico. Hoy nuestros 17 kilómetros de playas, algunas de ellas aún vírgenes -añadidas al clima- son el principal sustento. Así puede entenderse parte importante de la identidad territorial de Mojácar, desde una cadencia armoniosa de décadas entrelazando territorio natural, buenos usos y tiempo.
Precisamente por eso, Mojácar representa un enclave turístico de atractivo singular. No fue concebido como destino turístico masivo y su valor reside en haberse concebido como tal y no haber perdido su estructura original.
Mojácar ha sido permeable a influencias externas, sin diluir su carácter. Maravilloso ejemplo de ello, es el Cristo amable y sonriente del retablo de la iglesia de Santa María, pintado por Michael Sucker, hippy de los 80. Ese, entre multitud de detalles más, hoy constituye su verdadero valor diferencial y conservarlo es vital. Nuevos modelos turísticos simbióticos como el de las regiones alpinas de Suiza o Austria, donde las estaciones de esquí se integran en pueblos de montaña, han demostrado que el turismo puede integrarse en la cultura local sin sustituirla, mientras que países como Costa Rica han entendido la identidad territorial como un activo económico a proteger. En este contexto, emerge una evidencia: los destinos más valiosos ya no son los más desarrollados, sino los que siguen siendo reconocibles.
El problema aparece cuando esa identidad se simplifica y se convierte en marca. Cuando lo auténtico deja de ser vivido para convertirse en representación, en una especie de parque temático de él mismo. Es entonces cuando surge una pregunta clave: ¿cuándo un lugar deja de ser vivido para empezar a ser consumido? La respuesta suele coincidir con la pérdida de equilibrio entre capacidad de carga del territorio y presión turística, con la sustitución de economías locales por modelos extractivos (de macro empresas o fondos de inversión) y con la banalización del paisaje. El ejemplo internacional más claro de este tipo de desastres es el modelo turístico monte Everest.
Frente a ello, existen alternativas claras. Apostar por un turismo de baja densidad y alto valor, recuperar la sierra como espacio activo, la agroecología y las actividades propias de la cultura local, para avanzar hacia un modelo, por ejemplo a modo “slow destination” que priorice la vivencia sobre el volumen o la intensidad. Controlar el crecimiento físico y urbano, no implica decrecer, sino aumentar el valor cualitativo: economía circular, desestacionalización basada en naturaleza, cultura y conocimiento, y una planificación estratégica que entienda el territorio desde sus propios y valiosos recursos finitos y no como algo consumible. Los primeros turistas de Mojácar querían un lugar virgen y ese era el verdadero lujo. Para vivirlo incluso renunciaban a ciertas comodidades a favor de que la autenticidad de las cosas se mantuviera.
Sabemos de los problemas del lujo mal entendido. Sabemos ya que la acumulación compulsiva de experiencias, se está cambiando por la capacidad de detenerse, de habitar plenamente una vivencia sin la ansiedad de la siguiente. Servicios “de lujo” como una cama balinesa en una playa virgen donde te sirven coctelería, deja de ser un entorno consecuente para convertirse en decorado. El lujo no es la superposición de estímulos —cocktails sofisticados en paisajes exóticos junto a gastronomía de élite—, sino la coherencia entre lo que se vive y cómo se vive. En una sociedad sobreestimulada, el lujo es la libertad de simplificar, de sustraerse del exceso y de reconectar con lo esencial y experimentar ese placer con plenitud. En este contexto el simple paseo consciente, descalzo, por una orilla de aguas limpias por esa playa virgen ya es suficiente.
Esa es la identidad de este pueblo, y es un error creer que esta identidad es recuerdo o pasado. Esta identidad y nuestra singularidad son una suerte de “infraestructuras invisibles”. Y si se rompen, no habrá inversión ni proyecto capaz de reconstruirlas.
Continuará…








