Mojácar III. Pérdida invisible: memoria, patrimonio y no-lugares

Rincón típico. Colección Juan Grima Cervantes.
Opinión
El autor de este artículo de opinión

Ángel L. Vicente

Mojácar conoce desde hace décadas las consecuencias de las decisiones urbanísticas irreversibles. Han sido muchas. La desaparición del arco de Luciana durante las obras de la plaza Frontón. La transformación de la fuente pública de origen árabe en una fuente modernizada. La remodelación del edificio de la Plaza Nueva —obra que lleva 10 años pendiente de terminarse— y donde ahora, ocupada en más de dos tercios por mesas y sillas de terraza, los niños molestan a los clientes si juegan a la pelota. Una plaza que no reúne vecinos y solo sirve para la foto del turista al atardecer pierde parte de su sentido como plaza de pueblo. Pero la pérdida más triste fue el Teatro Aquelarre en los 80. Yo no la viví, pero sí he sufrido la ausencia de un teatro durante más de cuatro décadas.

No fueron sólo intervenciones urbanísticas. Fueron cortes en la historia común. Cicatrices que, vistas hoy, explican lo que ocurre cuando el progreso se impone sin reflexión colectiva  ni consenso.

La pérdida también ha sido ambiental. La Tortuga Mora (Testudo Graeca) ha visto seriamente afectados sus hábitats y está en retroceso, sin medidas eficaces de protección. Flora endémica como la Siempreviva Mojaquera (Limonium estevei) —incluida dentro del Catálogo Andaluz de Especies de la Flora Silvestre Amenazada— podría incluso haber desaparecido ya del municipio por falta de intervenciones municipales y autonómicas.

Pérdidas de patrimonio, especies y paisaje, que aceptamos de manera acrítica y nos acercan lentamente hacia un no-lugar.

Llevamos años transitando un periodo de larga pérdida silenciosa asociada al crecimiento. Crecemos a costa de vaciarnos, en parte, de aquello que nos da sentido.

Los no-lugares son espacios diseñados para el consumo rápido y circulación constante. Lugares donde “nada incomoda”, pero donde tampoco existe identidad ni pertenencia. En el caso de muchos destinos turísticos, en su afán de “ser turísticos”, terminan adaptándose a una estética internacional reconocible y rentable, pero que se aleja de su propia historia. Ejemplo de esto son las noticias que comparan a Mojácar con las islas griegas. ¿Qué necesidad hay para un lugar singular de parecerse a cualquier otro?

El visitante ya no “llega”, simplemente encadena experiencias en destinos. Y cuando eso ocurre de forma masiva, los territorios empiezan a adaptarse más a la lógica de la imagen y del mercado que a la coherencia de su propia identidad.

Estamos dejando de crear lugares para habitar y empezando a diseñar destinos para consumir.

Ya no visitamos lugares, los validamos visualmente. El viaje se convierte en tránsito continuo y fotos para redes. Y mientras todo sucede aceleradamente en una pantalla, el entorno pierde espesor emocional. Turistas consumidores compulsivos de información, imágenes y estímulos constantes.

El riesgo en este contexto para Mojácar es prestarse a ello mediante un modelo turístico agotado, un desarrollo urbanístico sin visión o una sobremodernidad innecesaria. Mojácar necesita creatividad estratégica, cultural y social.

Tenemos grandes oportunidades. Precisamos acciones lúcidas. Necesitamos conservar y regenerar patrimonio, memoria e identidad. Evitar que el municipio termine convertido en un parque temático de sí mismo o en un escenario pensado solo para ser consumido en temporada.

El objetivo no es detener el progreso, sino reconocer los valores territoriales que nos aportan riqueza social, humana y también, por supuesto, económica. Estos valores pueden ser muy frágiles. Lo que conocíamos como Mojácar quizá comenzó a desaparecer sin darnos cuenta. Empezó a desdibujarse hace años. No permitamos que llegue a no ser reconocido por quienes lo habitan. Porque, además de un destino turístico, Mojácar debe seguir siendo un lugar para vivir.



Flor de Limonium estevei. Emilio Aramburu.

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