Hace pocos días que se han conmemorado los 60 años del accidente de Palomares. Esta playa no es solo un punto del mapa del Levante almeriense. También es una herida histórica que sigue abierta y un recordatorio incómodo de hasta qué punto el régimen franquista fue capaz de sacrificar la soberanía nacional y la salud de su propia población para satisfacer los intereses estratégicos de Estados Unidos.
El 17 de enero de 1966, cuatro bombas termonucleares cayeron sobre tierras almerienses tras la colisión de dos aeronaves de la Fuerza Aérea estadounidense. Lo ocurrido después fue todavía más grave que el accidente: la sumisión política absoluta del Estado español ante Washington. El régimen de Franco, lejos de defender a los vecinos de Palomares, a los agricultores, a los guardias civiles y a los soldados expuestos a la radiación, optó por el silencio, el encubrimiento y la propaganda.
El papel del entonces ministro Manuel Fraga simboliza como pocos esa claudicación. El famoso baño en la playa, cuidadosamente filmado por el NO-DO, no fue una anécdota pintoresca: fue un acto de desprecio institucional hacia los almerienses afectados, una puesta en escena para proteger el turismo y tranquilizar a los aliados norteamericanos mientras se ocultaba la verdad sobre la contaminación por plutonio.
Estados Unidos impuso los criterios de descontaminación, decidió qué tierras se retiraban y cuáles se enterraban en fosas secretas, se llevó solo una mínima parte de los residuos más peligrosos y dejó aquí un legado radiactivo que aún hoy condiciona el territorio. Y el régimen franquista aceptó cada imposición sin rechistar. España no pintaba nada; Almería, aún menos.
Del franquismo al presente: el mismo servilismo con distinto envoltorio
Han pasado casi seis décadas, pero Palomares sigue siendo un espejo incómodo del presente. Porque cuando hoy vemos a las derechas españolas alinearse sin matices con las políticas exteriores de Estados Unidos —aunque perjudiquen nuestros intereses energéticos, industriales o diplomáticos— resulta imposible no ver una continuidad histórica.
Cambian las siglas, pero persiste el reflejo: bases militares sin debate, subordinación estratégica, silencio ante decisiones ajenas que afectan a nuestra soberanía y a nuestra gente. Entonces fue el franquismo; hoy son PP y Vox, siempre dispuestos a confundir “alianza” con obediencia y “atlantismo” con renuncia.
Palomares nos enseña que ese seguidismo nunca sale gratis. Lo pagan los territorios periféricos, las clases populares y las generaciones futuras. Lo pagaron los vecinos que respiraron plutonio, lo pagaron quienes trabajaron sin protección, y lo sigue pagando una comarca estigmatizada y todavía vigilada, sesenta años después.
Propuestas desde una izquierda con memoria y dignidad
Desde Movimiento Sumar Almería creemos que Palomares no puede seguir siendo solo un episodio histórico ni un tema incómodo que se menciona de pasada cada aniversario. Es necesario actuar con justicia, memoria y soberanía democrática. Por eso proponemos:
- Un reconocimiento oficial del daño causado a la población de Palomares y su entorno, con estudios epidemiológicos completos e independientes, como nunca se hicieron.
- La descontaminación definitiva y transparente de todas las zonas afectadas, con financiación y responsabilidad internacional compartida, especialmente por parte de Estados Unidos.
- La desclasificación total de los documentos aún ocultos, tanto españoles como estadounidenses, para que la verdad sea plenamente conocida.
- Un debate serio sobre soberanía y política exterior, que evite repetir esquemas de subordinación que ya demostraron ser profundamente injustos.
- Inversión pública y compensaciones reales para el territorio, no como limosna, sino como reparación histórica.
Palomares no fue un accidente inevitable. Fue el resultado de una política exterior que antepuso intereses ajenos a la vida y la dignidad de la gente de Almería. Recordarlo no es mirar al pasado con rencor, sino mirar al presente con lucidez para no volver a aceptar que otros decidan por nosotros… y mucho menos sobre nuestras casas, nuestros campos y nuestros cuerpos.








