En España hablamos de vivienda como si fuera un asunto técnico: precios, alquileres, hipotecas, índices, leyes, porcentajes. Pero la vivienda no es un dato económico. Es, antes que nada, una condición de posibilidad de la existencia humana. Sin vivienda no hay hogar, y sin hogar no hay arraigo, ni barrio, ni comunidad, ni continuidad vital. La vivienda es el lugar donde la vida se sostiene.
Esta verdad elemental —tan evidente que debería ser incuestionable— parece haberse desvanecido en nuestra cultura. Y ese olvido es lo que permite que una mujer como Maricarmen, de 87 años, sea desahuciada después de setenta años pagando rigurosamente su alquiler. No es solo una injusticia: es una fractura moral.
Habitar: la primera forma de existir
Heidegger escribió que “habitar es la manera en que los mortales son en la tierra”. Habitar no es simplemente ocupar un espacio. Es construir un mundo. Es el lugar donde el cuerpo descansa, donde la memoria se acumula, donde la identidad se afirma, donde el tiempo se vuelve continuidad. La vivienda es el primer territorio del sentido.
Cuando una persona pierde su hogar, no pierde solo un techo: pierde su mundo. Pierde su historia. Pierde su lugar en la tierra. Por eso el desahucio no es un acto administrativo: es una violencia ontológica.
El olvido cultural del hogar
¿Cómo hemos podido olvidar algo tan vital? La respuesta no es solo económica: es cultural.
Durante décadas, la vivienda ha sido transformada en: mercancía, inversión, activo financiero, garantía bancaria y producto especulativo. La vivienda dejó de ser hogar y pasó a ser valor de mercado. En ese desplazamiento, lo humano quedó fuera del cálculo.
Los datos actuales confirman esta deriva: En 2025 se practicaron 24.540 desahucios en España, de los cuales el 74,6% fueron por impago del alquiler, según el Consejo General del Poder Judicial. En 2026, solo entre enero y marzo, se registraron 4.005 desahucios, lo que equivale a 45 al día.
La precariedad se ha normalizado. Y cuando la precariedad se normaliza, la injusticia deja de escandalizar.
Maricarmen: la ruptura del pacto ontológico
El caso de Maricarmen no es solo un drama individual. Es el síntoma de una sociedad que ha perdido la memoria del hogar. Durante setenta años, su vivienda fue: su refugio, su identidad, su historia, su continuidad y su mundo.
Desahuciarla es expulsarla de su propio ser. Es romper el pacto moral que sostiene cualquier comunidad: si una persona ha sostenido su hogar durante toda su vida, la comunidad debe sostenerla a ella cuando ya no puede hacerlo.
Los datos muestran que su caso no es aislado: En 2025, Cataluña encabezó los desahucios con 6.814 lanzamientos, seguida de Andalucía (3.782) y la Comunidad Valenciana (2.992). En Madrid, donde vivía Maricarmen, se registraron 2.267 desahucios ese mismo año.
Cuando ese pacto se rompe, la sociedad entra en una forma de deshumanización silenciosa.
La pregunta de fondo
La pregunta que late detrás del caso de Maricarmen es filosófica: ¿Qué tipo de sociedad olvida que sin hogar no hay vida?
Una sociedad que ha permitido que la lógica económica sustituya a la lógica humana. Una sociedad que confunde precio con valor. Una sociedad que ha perdido el sentido del arraigo. Una sociedad que ya no protege la fragilidad. Una sociedad que ha dejado de ver a sus mayores como sujetos de dignidad.
Los datos lo confirman: En 2024, el 70% de los desahucios fueron por impago del alquiler, frente al 17% por hipotecas. El precio del alquiler subió entre un 11% y un 14% en 2024, y se esperaba otro 10% en 2025. La deuda media de los inquilinos morosos alcanzó los 8.489 euros en 2025, equivalente a siete meses de renta.
Una sociedad donde el alquiler sube más rápido que los ingresos es una sociedad que expulsa a los vulnerables.
Recuperar el sentido del habitar
La tarea filosófica —y política— es recuperar la verdad esencial del hogar. Volver a pensar la vivienda como derecho habilitante, como espacio de cuidado, como fundamento del ser. Rehumanizar el concepto de hogar. Reconstruir la comunidad como espacio de protección. Devolver al arraigo su valor moral.








