La costa almeriense vuelve a asomarse a un tipo de proyecto que, lejos de reforzar su identidad, la acerca peligrosamente a un modelo turístico agotado: grandes actuaciones “verdes” de escaparate que acaban favoreciendo el turismo masificado y una relación cada vez más artificial con el litoral. El Parque Costa Serena, en San Juan de los Terreros, encara su recta final como uno de esos ejemplos que invitan más a la preocupación que al entusiasmo.
Bajo la etiqueta de parque costero y con un presupuesto cercano al millón de euros, el proyecto se presenta como un nuevo punto de encuentro para el municipio de Pulpí. Sin embargo, su planteamiento —miradores artificiales, graderíos para eventos, quiosco, juegos, tematización y hasta un riachuelo artificial junto al mar— reproduce una fórmula ampliamente extendida en otros enclaves del Mediterráneo español, con resultados más que discutibles.
Este tipo de actuaciones recuerdan demasiado a lo ya visto en la Costa Blanca o la Costa del Sol: espacios públicos intensamente urbanizados, pensados para absorber grandes flujos de visitantes, donde la naturaleza queda reducida a un decorado. Son modelos que han contribuido a la saturación del litoral, al aumento de la presión urbanística y a la pérdida de identidad paisajística.
Resulta poco inteligente que Almería, una de las pocas provincias mediterráneas que aún conserva amplios tramos de costa relativamente bien preservados, renuncie a diferenciarse para imitar fórmulas que ya muestran claros signos de desgaste ambiental, social y económico.
¿Costa natural o costa temática?
La insistencia en introducir elementos artificiales —como cursos de agua recreados o referencias estéticas forzadas— plantea una pregunta incómoda: ¿por qué no apostar por lo que ya existe? La costa almeriense tiene una oportunidad única para consolidarse como una “Costa Natural”, basada en la conservación del paisaje, la renaturalización de espacios, el turismo responsable y la puesta en valor de sus ecosistemas, no en su transformación escénica.
Además, no deja de ser llamativo que el proyecto dependa todavía de autorizaciones ambientales para su segunda fase, lo que evidencia que ni siquiera desde el punto de vista administrativo el planteamiento ha sido especialmente riguroso desde el inicio.
Invertir en espacios públicos no es, en sí mismo, un error. Lo preocupante es hacerlo sin una visión ambiental a largo plazo, en enclaves tan sensibles como la franja litoral. Cada parque tematizado, cada infraestructura innecesaria junto al mar, es una oportunidad perdida para avanzar hacia un modelo más sostenible, coherente y diferencial.
Almería no necesita competir con otros destinos en artificialidad. Su mayor valor está precisamente en no parecerse a ellos. Apostar por proyectos que respeten el paisaje, reduzcan la huella humana y refuercen la identidad natural del litoral no es solo una opción ambientalmente responsable, sino también la decisión más inteligente desde el punto de vista turístico y económico.








