Vivir todo el año en el Parque Natural de Cabo de Gata: ventajas, inconvenientes… y una realidad que no te esperas

Hisilicon Balong
Opinión
El autor de este artículo de opinión

Mariola y Ángeles son las fundadoras de MYA Inmobiliaria, donde suman 30 años de experiencia especializadas en la venta de viviendas en Níjar y el Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar. Más información en mariolayangeles.com. Síguenos también en Instagram (@mariolayangeles) y Facebook.

Hoy vamos con la segunda entrega de la serie. Que en el Cabo de Gata se vive de maravilla todo el año lo sabe cualquiera que lo haya probado. Hoy te contamos cómo es de verdad: lo bueno, lo menos bueno (que tiene fácil arreglo) y una realidad que no te esperas de un desierto.

La realidad, sin maquillaje

Empecemos por lo que no sale en los folletos. Durante buena parte del año, los pueblos del Parque están casi vacíos: silencio, vecinos que se saludan por su nombre y una calma que es, justamente, lo que mucha gente viene buscando. Y entonces llega la temporada alta y se llenan de turistas; algunos, encantadores, y otros de la variedad «estresada»: esos que caminan tan ricamente por mitad de la calle mientras tú esperas detrás con el coche, sonriendo con paciencia franciscana. Dos extremos que conviene conocer antes de mudarse, porque el agosto del Cabo de Gata y su febrero son, literalmente, dos universos paralelos.

Pocos recursos, mucho cariño vecinal

Sigamos con la letra pequeña. Los servicios, en los pueblos de costa, son justitos: en San José tienes banco y farmacia, pero cajeros automáticos, más bien pocos; y en los más pequeños, ni eso. ¿La solución? La inventaron los vecinos hace años, con alegría y cariño: siempre hay alguien que sube a la farmacia y baja con lo de medio pueblo, o que te acerca al cajero de paso. Aquí los recursos escasean, pero la generosidad no.

Y ojo, que la sanidad básica está más repartida de lo que parece: casi todas las localidades —hasta las barriadas más diminutas, como Las Hortichuelas (con sus Hortichuelas Bajas, el Estanco y las Hortichuelas Altas)— tienen su consultorio médico, que abre en días y horas concretos. Para todo lo demás, la comarca lo resuelve a un paso: Campohermoso, con bancos, centro de salud, supermercados y farmacias; la Villa de Níjar, donde hay de todo y además es preciosa; y, junto a Agua Amarga, Carboneras. Quince o veinte minutos en coche (que aquí es uno más de la familia) y resuelto.

Las ventajas que enamoran

La Glorieta Nijar Villa

Hablemos de lo bueno, que es mucho. El clima es magnífico casi todo el año, así que aquí se vive tanto dentro como fuera de casa: la terraza es una habitación más y el sol, un vecino fiel. Los paisajes te envuelven y te acogen, con esa luz de la que uno no se cansa nunca. Y los senderos regalan un descubrimiento tras cada recodo: una cala, una rambla, un cortijo, un mirador con el mar al fondo. Vivir aquí es tener todo eso de lunes a domingo, no solo en vacaciones.

Y ahora, la realidad que no te esperas

Hace poco, nuestro amigo Ángel Rueda Pozo —que divulga sobre salud y buenos hábitos en @que_no_te_cuenten_calorias— nos descubrió una regla que nos robó el corazón: la regla 3/30/300. La ideó Cecil Konijnendijk, experto en bosques urbanos, y resume en tres números lo que necesitamos para vivir sanos cerca de la naturaleza: ver al menos 3 árboles desde casa, un 30% de cobertura vegetal en el barrio y una zona verde a menos de 300 metros a pie. Detrás hay montones de estudios que ligan el verde con menos estrés, mejor descanso y más salud. Y nosotras, claro, no pudimos evitar preguntarnos: «¿se cumplirá esto en un desierto?».

Pues agárrate, porque la respuesta es que sí, o casi. Tres árboles desde la ventana: palmeras, olivos, almendros, alguna higuera con solera, la buganvilla que se ha apoderado de la fachada… en casi cualquier casa de pueblo, y por supuesto en cualquier cortijo o chalet con jardín, ahí están. El 30% de verde es el más travieso —no vamos a fingir que esto es un bosque—, pero las plazas, las huertas y los residenciales con jardín lo acercan más de lo que dirías.

El desierto tiene sus oasis

el olivo del cortijo

Y el 300 es donde está el detalle bonito. Uno pensaría que, viviendo dentro de un parque natural de casi 50.000 hectáreas, la zona verde la pone el campo. Y en parte sí… pero ojo: el verdor del Parque es de secano, el que dan el esparto, las chumberas, las adelfas, las esparragueras o los palmitos. Precioso, pero no es exactamente un parquecito con sombra. La sorpresa es que ese «verde a 300 metros» lo cumplen, sobre todo, las propias localidades, con sus plazas arboladas, su rincón de bancos y árboles donde sentarse a ver pasar la vida. El desierto, resulta, tiene sus oasis. Y están en el centro del pueblo.

Y esto, ¿qué tiene que ver con vender tu casa?

Pues más de lo que parece. Cuando ayudamos a vender una vivienda en el Parque, lo que enamora al comprador no son solo los metros cuadrados, la distribución o la orientación: es poder ver esos tres árboles, salir a la plaza, respirar y tener el mejor entorno del mundo a la puerta. Pero el comprador serio también pregunta por lo práctico —el cajero, la farmacia, el médico—, y saber contarle las dos cosas, el alma y la letra pequeña, es lo que convierte la visita en un flechazo, y el flechazo en una venta.

Así que si tienes una casa por aquí y alguna vez piensas en venderla, recuerda: tu mejor argumento no está únicamente dentro de la vivienda, está alrededor. Y conocer ese alrededor al detalle es, justamente, buena parte de nuestro trabajo: saber a cuántos minutos exactos queda el consultorio o el colegio, qué plaza tiene la mejor sombra en agosto, cómo entra el sol en invierno, qué pueblo encaja con cada tipo de comprador, cuándo conviene enseñar la casa y cuándo no. Todos esos detalles, que parecen pequeños, son los que afinan el precio, atraen al comprador adecuado y convierten una visita en una venta.

Porque vender bien una casa en el Parque no es colgar cuatro fotos: es saber contar, con datos y con cariño, el lugar entero al que pertenece. Y a nosotras, contar entornos —con sus árboles, sus plazas y hasta sus turistas paseando por mitad de la calle—, se nos da bastante bien. La semana que viene, más.



la palmera del vecino

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