La Presa de Isabel II, también llamada el Pantano de Níjar está situada en el término municipal de Níjar, en el cauce de la Rambla del Carrizalejo. Dista unos 6 kilómetros de la localidad de Níjar, en la vertiente sur de Sierra Alhamilla. Tiene una altura de 35 metros, una longitud de 44 m. y una capacidad de embalsamiento de agua de 5 hectómetros cúbicos. Para su construcción se aprovechó la cerrada de Los Tristanes, sobre la Rambla del Carrizalejo. Está construida en sillares de cantería procedentes de una cantera que está contigua a la obra.
Se llega a la Presa desde La Villa de Níjar, a unos 5 kilómetros por la carretera Al-103 que comunica con la localidad de Lucainena de las Torres. Desviándose por un camino de tierra, se llega hasta el lecho del pantano. También se puede acceder desde Los Tristanes, a través de un camino que sale desde la Autovía del Mediterráneo.
Las primeras ideas de construir la Presa
Las primeras referencias de la presa se remontan a 1792, cuando se produce un encargo por parte de la duquesa de Abrantes. Desde este primer momento, ya se propone situar el pantano en la rambla del Carrizal del término municipal de Níjar, muy cerca del cortijo-barriada de los Tristanes y a unos 7 kilómetros de la villa de Níjar por el camino de Lucainena.
En el año 1821, el hidrológico almeriense Diego María Madolell constituye una primera compañía de propietarios denominada “Regadíos de Níjar”, aprovechando un ambiente de exenciones fiscales para los promotores de obras hidráulicas.
La construcción de la presa
Pero no es hasta 1841 cuando Madolell, liberal y emprendedor, en un tercer y definitivo intento –favorecido por las altas ganancias de los años 40 en el sector minero–, constituye una sociedad privada de 2.142 acciones llamada “Empresa del Pantano”, después de recorrer las provincias limítrofes en busca de patrocinadores. Tras varios intentos fue en 1842 cuando se constituyó con un capital de 10 millones de reales (en torno a 10 millones de euros actuales) la Compañía del Pantano de Níjar, formada por unos 1.000 accionistas, casi todos ellos sin relación alguna con la provincia.
La obra se encarga al arquitecto murciano Gerónimo Ros Giménez (1802-1885), que hizo los primeros planos, así como un informe sobre el estado de las obras. La inspección la realizó el coronel de ingenieros José de la Cruz Muller; el ingeniero de minas fue José Ruiz de León y el contratista fue Emigdio Manuel Gil. Por otra parte, Diego Sánchez realizó los trabajos de aparejador, y el encargado de supervisar directamente lo que se construía –además de dirigir las obras auxiliares– fue Manuel Ramos.
El 13 de julio de 1847, mediante una Real Orden, se declara al pantano de “utilidad pública”. Y mediante Real Decreto de 26 de julio de 1849, la Reina autorizó que el pantano llevase su nombre: Pantano de Isabel II. La expectativa era poder regar unas 18.000 hectáreas.
El pantano quedó finalmente inaugurado el 8 de mayo de 1850 –aprovechando la reunión de una Junta General–, mediante un acto protocolario al que asisten varias autoridades provinciales pero con la manifiesta ausencia de representantes del Ayuntamiento de Níjar, ya que nunca estuvo de acuerdo con la construcción del pantano. En realidad, se trató más de una inauguración para animar a los accionistas que de la celebración de un éxito. Aun habiéndose inaugurado, faltaban por rematar las obras del muro de la presa, algo que ocurrió definitivamente en 1851. Y en 1857 ya estaban terminadas todas las obras, incluidas las del canal del Campo, así como las dependencias para los responsables de vigilancia y aprovechamiento.
La presa dispone de un doble aliviadero de aguas por su extremo este y un canal de riego de unos 2,5 km para el Campo de Níjar y la servidumbre de Los Tristanes, desde donde se hacía el reparto de las aguas hasta cerca de Campohermoso.
Sin embargo, en poco más de una década, casi la mitad de su capacidad estaba ocupada por los materiales arrastrados por las avenidas, por lo que quedó totalmente en desuso.
Hoy aún se conserva semiderruido el edificio que sirviera de vivienda y lugar de reunión de la Junta de Accionistas durante su construcción. Y, por supuesto, la presa totalmente vacía, que está casi intacta a pesar del paso del tiempo, y que resulta impresionante de visitar.








