Sirat

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Opinión
El autor de este artículo de opinión

Carmen F. Peña

Como comenté al respecto en un hilo de Eloy Tizón, Sirat me dejó como a una boa constrictora haciendo la digestión de una vaca. Llena, sin saber si me sentaría bien o mal, ni siquiera si me gustaba o no. Me dejó pensando y sintiendo tanto tiempo que hasta hoy no he podido decir nada. A veces no hay tampoco nada que entender, tan solo dejarse llevar por quien te expone su creación para llevarte a la metáfora -y la realidad- de que la vida es un campo de minas.

Lo peor ante un acontecimiento creativo es esperar algo y en realidad, asistimos a ver, oír y sentir Sirat tras la unanimidad de un insigne jurado, las múltiples entrevistas a un joven director, las ganas de meternos en una rave desde la butaca del cine y de la edad, para sentarnos sin saber que despertaremos con un bofetón de realidad. Realidad aplastante y mortal de la vida con imágenes inolvidables de vehículos en la noche, la soledad y la oscuridad del desierto rota por esas ventanas iluminadas, como cuando pasa un tren y ves dentro a los pasajeros ajenos a la observación de nadie.

Y esos personajes verdaderos, auténticos, consecuentes y carnales, sobre todo, que sudan, comen, duermen y huyen del sufrimiento hacia adelante, en una ruta sin un destino concreto y un afán por vivir, nos recuerdan nuestra propia carnalidad. Qué esperaba de Sirat, nada, por eso me dejó tan llena. Llena de inquietud, de sensaciones, de recuerdos. Llena de dudas y de respeto hacia otras vidas y otras formas de vida.

Sirat es una de esas películas que brotan más frescas y bellas que las flores uniformes y alineadas de los parterres, una flor rara, una realidad exacerbada que nos llena de dudas, preguntas y algunas certezas -como nuestra carnalidad- que nos remueven y nos renuevan. Sirat es un nombre con sonido bíblico y tan lejos de ningún dios que suena a leyenda, a cuento, la historia antigua en la que los nómadas han perdido todo y los supervivientes buscan como llegar a un estado de reposo para digerir, como una boa que se ha comido una vaca, tanto dolor.



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