Los camareros del Andrea

Andrea Café
Opinión
El autor de este artículo de opinión

Javier de Pablos

“…bares, que lugares tan gratos para conversar, no hay como el calor del amor en un bar…”. Con un dibujo de Hortelano en la portada, el long play  de Gabinete Caligari se convirtió en uno de los iconos gráficos y sonoros de la movida madrileña de los ochenta.

Cobra sentido la canción de Jaime Urrutia, una mezcla de pasodoble y sonidos castizos del folclore español, cada vez que acudo hasta el Andrea Café, un bar de San José-Níjar. Sentarse en una de las mesas de su terraza es imbuirse, con “avidez”,  de la crónica social de la población a través de sus mejores relatores, los camareros y los propios clientes del establecimiento.

Antes de tomar asiento, Gloria, una mujer lista y complaciente, ya está preguntando al cliente por la salud, el colegio de los niños o la jornada playera, como la mejor forma de dar la bienvenida y preocuparse por su existencia. Parroquianos de todo tipo y condición, desde ilustres que vociferan su abolengo y presumen de amistades de alcurnia, hasta habituales que tienen al Andrea como espacio frecuente de su esparcimiento cotidiano, al que acuden con el deseo de disfrutar lo que tienen y lo que ven sin mayores tristezas. Ríen y sueñan, expresan sus ilusiones acorde con sus intereses y, en definitiva, salen de sus vidas anodinas para imaginar otros mundos, que del mañana, dios dirá o quién sabe. 

Y también extranjeros, que a pesar de las dificultades lingüísticas siempre acaban entendiendo la carta del bar, gracias a las peculiares habilidades poliglotas del personal del bar, siempre cómplices y sonrientes. Una propuesta gastronómica que, como responsable de la cocina, María atiende con exquisitez, proponiendo una carta de tapas, desayunos y raciones que despierta generales elogios.

Y para completar el servicio de mesas, no pasa desapercibida la figura de Leo, más que un camarero al uso parece un atento bailarín por el estilo tan armónico con el que porta las consumiciones a servir. Una coreografía que para sí hubiera querido Fred Astaire, por poner un ejemplo.

Y del Andrea no se puede obviar el desfile de gente que incesantemente transita por la acera de la calle que atraviesa la terraza. Una pasarela variopinta de personas que hacen imposible permanecer indiferente ante semejante espectáculo callejero. Toda una exhibición, con consumición incluida, concentrada en unos pocos metros que hacen grande al Andrea como, supongo, también a la caja registradora del establecimiento de Manolo, su propietario, encantado con poder contar con semejante plantilla.

Bares, qué lugares
Tan gratos para conversar.
No hay como el calor del amor
Del amor en un bar.



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